Urbadance TheClub

Mi sueño tiene un nombre: Urbadance TheClub

Nunca imaginé que un día estaría escribiendo estas palabras. Si hace unos años alguien me hubiera dicho que acabaría teniendo mi propia academia de baile, seguramente me habría parecido algo demasiado bonito para ser verdad.

Hoy tengo 18 años y, aunque todavía me queda muchísimo por aprender, he conseguido algo que durante mucho tiempo solo existía en mi cabeza: crear un lugar que nace de mí, de mi manera de sentir el baile y de todo lo que me gustaría que otras personas pudieran encontrar en él.

Mi historia con Urbadance no empezó con una academia. Empezó con una marca de ropa para bailarines. Mi madre comenzó a hacer pantalones anchos para que mi hermana y yo pudiéramos bailar cómodas, y poco a poco surgió la idea de compartirlos con más personas. Así nació Urbadance. Muchas personas pensaban que era una escuela de baile, y de aquella confusión surgió el nombre The Club, porque me gustaba la idea de crear algo más que una marca: un lugar donde las personas pudieran reunirse y sentirse parte de una comunidad.

Lo que no sabía entonces era que, con el tiempo, ese nombre acabaría representando una parte tan importante de mi vida.

Para mí, bailar nunca ha sido solamente aprender pasos, seguir una música o hacer una coreografía. Es mi manera de sentir la vida, de expresar mi alegría y también de encontrar una forma de curar mis penas.

Hay cosas que a veces cuesta explicar con palabras, sentimientos que no sabes muy bien dónde colocar y días en los que necesitas desconectar de todo. Para mí, muchas veces, el baile ha sido ese lugar.

Y creo que, precisamente por todo lo que significa para mí, siempre he tenido una manera muy especial de imaginar cómo quería que fuera mi propia academia.

No quería crear un sitio al que la gente viniera únicamente a aprender a bailar. Quería que fuera un lugar donde también importara cómo te encuentras, donde pudieras llegar teniendo un buen día o uno de esos días en los que no puedes con todo, y sentir que no tienes que fingir que estás bien.

Quería que las personas pudieran equivocarse sin miedo, aprender sin sentirse inferiores y disfrutar sin estar pendientes de compararse con nadie.

Sé que cada persona lleva su propia historia. A veces no sabemos lo que alguien está viviendo, lo que le cuesta atreverse a hacer algo nuevo o el esfuerzo que ha tenido que hacer simplemente para cruzar una puerta. Por eso, si algún día alguien decide venir a bailar conmigo, quiero que sepa que no tiene que demostrarme nada para merecer estar ahí.

Solo quiero que pueda ser quien es.

Durante mucho tiempo, tener mi propia academia fue uno de esos sueños que guardas dentro porque te hace muchísima ilusión, pero que al mismo tiempo ves muy lejos.

La situación económica no era fácil y sabía que abrir una escuela suponía muchísimo más que tener ganas de bailar. Había que encontrar un local, reformarlo, comprar materiales y afrontar un montón de gastos. Y yo no sabía cómo íbamos a conseguirlo.

Pero había algo que sí tenía claro: era algo que deseaba de verdad.

Un día decidí compartir ese sueño con mi madre. Ella me escuchó y me dijo: «¿Y por qué no?»

Puede parecer una frase muy sencilla, pero para mí significó muchísimo. Porque cuando tú misma ves todas las dificultades, cuando piensas en todo lo que puede salir mal y en todo lo que todavía no tienes, que alguien crea en ti puede cambiar la manera en que miras las cosas.

Mi madre es una mujer luchadora, y sabía que, si nos lo proponíamos de verdad, encontraríamos la manera de intentarlo.

No teníamos todo el dinero que necesitábamos. No teníamos todas las respuestas. Pero empezamos.

Y a veces creo que los sueños no comienzan cuando tienes todo preparado, sino cuando decides dejar de esperar al momento perfecto y empiezas a hacer lo que puedes con lo que tienes.

Urbadance no lo he conseguido sola. Detrás de este sueño estamos mi madre, mi hermana pequeña y yo.

Cada una tiene su manera de formar parte de él. Yo doy las clases, preparo las coreografías y pongo en el baile una parte muy importante de mí. Mi madre se encarga de recibir a las personas, de hacer que se sientan bienvenidas, de escucharlas y de ofrecerles esa cercanía que para nosotras es tan importante. Mi hermana aporta su alegría, comparte las clases, ayuda a que los demás se sientan cómodos y también me acompaña en la creación de coreografías.

Pero lo más bonito es que no compartimos únicamente una academia. Compartimos las preocupaciones, los nervios, las ilusiones, las risas y también los momentos en los que las cosas se hacen cuesta arriba.

Somos una familia que ha decidido apostar por algo que lleva mucho de nosotras.

Y aunque cada una tenga su papel, siento que las tres estamos dejando una parte de nuestra historia en este lugar.

Cuando encontramos el local en Manresa, llevaba años cerrado y necesitaba una reforma enorme. Había que quitar paredes, cambiar la distribución, volver a construir y transformar aquel espacio en el lugar que teníamos en nuestra imaginación.

Visto desde fuera, seguramente parecía una locura. Pero nosotras empezamos a imaginar cómo sería cuando estuviera terminado.

Mi madre trabajaba en empresas de limpieza y, después de pagar la comida, las facturas y todo lo necesario para casa, destinábamos lo que podíamos a comprar materiales. Yo también daba clases de baile y utilizaba lo que ganaba para seguir avanzando con la academia.

Tuvimos que aprender a buscar soluciones, comparar precios, reutilizar materiales y aprovechar cada oportunidad. Los palés se convirtieron en los sofás de nuestra Zona Chill Out. Conseguimos madera para hacer las mesas y el mostrador de recepción. Cada rincón fue tomando forma poco a poco, con nuestras manos, nuestro esfuerzo y muchísimas ganas.

No voy a decir que fue fácil, porque no lo fue. Hubo cansancio, preocupaciones, noches sin dormir y momentos en los que parecía que todavía quedaba demasiado por hacer.

Pero cada vez que algo empezaba a parecerse a lo que habíamos imaginado, sentía que estábamos un poquito más cerca.

Y entonces llegó el día en que terminamos.

Recuerdo esa sensación de mirar a nuestro alrededor y ver, por fin, el lugar que tantas veces habíamos imaginado. Estábamos agotadas, física y mentalmente. Nos sentamos, miramos todo lo que habíamos conseguido y nos dimos cuenta de que lo habíamos hecho realidad.

Aquel local que llevaba años cerrado se había convertido en nuestra academia.

Y yo había conseguido algo con lo que llevaba tanto tiempo soñando.

Creo que hay momentos que se quedan contigo para siempre. No porque todo sea perfecto, sino porque sabes cuánto te ha costado llegar hasta allí.

Para mí, ese es uno de ellos.

Si hay algo que tengo claro sobre la academia que quiero construir, es que no quiero que nadie sienta que tiene que ser diferente para encajar.

No quiero que un niño tenga miedo de equivocarse. No quiero que un adolescente sienta vergüenza de ser como es. No quiero que una persona adulta piense que ya es demasiado tarde para empezar a bailar. Y no quiero que nadie crea que necesita tener un nivel determinado para formar parte de un grupo.

Quiero que podamos aprender unos de otros, respetarnos y entender que cada persona tiene su propio ritmo.

Quiero que, cuando alguien entre en clase, pueda dejar fuera por un rato las preocupaciones del día a día y concentrarse en disfrutar. Que pueda reírse, conocer gente, aprender una coreografía y sentirse orgulloso de sus pequeños avances.

Y, sobre todo, quiero que sepa que no tiene que ser el mejor bailarín para tener un lugar aquí.

Porque para mí, el verdadero éxito de Urbadance no será solamente ver a mis alumnos bailar cada vez mejor. Será verlos entrar con ilusión, perder poco a poco la vergüenza, ganar confianza, apoyarse entre ellos y salir de clase con una sonrisa.

Si consigo que alguien encuentre en el baile un espacio para expresarse, desconectar o volver a creer un poquito más en sí mismo, sentiré que todo este esfuerzo ha tenido sentido.

Tengo 18 años y sé que todavía me queda muchísimo camino por recorrer. Seguramente cometeré errores, tendré que aprender muchas cosas y habrá días en los que las responsabilidades me parezcan enormes.

Pero también sé que he conseguido dar un paso que durante mucho tiempo me parecía imposible.

Urbadance es mi sueño, pero no quiero que se quede solamente en eso. Quiero que crezca, que evolucione y que se convierta en un lugar lleno de personas, de música, de movimiento, de historias y de momentos que merezca la pena recordar.

Quiero seguir aprendiendo como bailarina, como profesora y como persona. Quiero que mi academia tenga una identidad propia, que se reconozca no solo por lo que enseñamos, sino también por la manera en que tratamos a quienes confían en nosotras.

Y quiero que todas las personas que lleguen descubran que aquí no hace falta saber bailar para empezar. Solo hace falta tener ganas de probar.

Si has llegado hasta aquí, me gustaría decirte algo: quizá tú también tengas un sueño que ahora mismo te parece lejano. No sé cuál es tu historia ni qué dificultades has tenido que superar, pero ojalá nunca dejes que el miedo decida por ti.

Yo todavía estoy empezando, pero hoy puedo mirar a mi alrededor y ver que aquel sueño que parecía tan difícil tiene paredes, espejos, música y una puerta por la que, cada día, pueden entrar nuevas personas y ayudarlas a que su día sea mas bonito.

Y eso, para mí, es enorme.

Urbadance TheClub. Más que una academia, la comunidad urbana de Manresa.

Danza urbana · Clases de baile · Todas las edades · Todos los niveles

📍 c/Era de l’Esquerra, 15 · Manresa
📲 601 874 573
📸 @urbadance.theclub